1.

Hay vidas que son apropiadas por la excepción de la regla (cuando la corrupción nos expone a la violencia o a un desastre ecológico, por ejemplo), pero ¿cuál de todas las reglas, entre todas las regulaciones “democráticas”, no se permiten licencias discursivas (y cínicas), si hasta para declarar porcentajes (índices) ni nos miran más allá de la aglomeración abstracta de color-género-destino(consumista)? En el dato duro, no somos más que biomasa pauperizada en vulnerabilidad permanente, que para propósitos de la exhibición de atrocidades, comparten las mismas promesas vacías y, sobre todo, la precariedad a meses sin intereses, en regiones bien localizadas (controladas), donde el sentido (resentido) de los cuerpos contrae su densidad analítica (la descoloca y, con muchas ganas de ser incluyentes, nos nombran pueblo). 

En los índices (mor(t)alidad-natalidad) siempre quedan sin descripción las heridas mal cerradas del progreso. La tendencia es quedar atrapad@s en la aceleración de vértigo y lo líquido (dicen) del tiempo capitalista. Lo curioso es que, más allá de la aceleración, hay cuerpos en los cuales opera otra lógica: la del el capitalismo de la tardanza, donde los beneficios no llegan, la justicia es mortalmente lenta y cada caso se vuelve un «hágalo usted misma» (desentierre la verdad de su tragedia sin resolver). La lentitud opera en la salud pública y queda en las manos de una ruleta rusa burocrática, que si no nos mata fue porque las balas ya caducaron y, además, llegamos tarde a nuestros propios funerales porque la movilidad está molecularmente destinada al colapso y, para colmo, las horas perdidas se las agencian una serie de dispositivos corporativos donde intercambiamos flujos de fragilidad (descaradamente convertidos en información).

2.

Cuanto más se acelera el capitalismo, más se saturan los sistemas de carne y hueso, pero esto no quiere decir que vayamos a hacer una endosimbiosis con la máquina (brincos dieran); en realidad nos estamos mezclando con la idealización (vía membresías) de la idea de la máquina. Unión que no supone separar la demagogia de la demonología posmoderna: la automatización de esporas no incluyentes, de IAs obreras (operadores), que no nos hacen más libres, sino que nos hace más eficientes (u obsoletos) bajo el control de clases dominantes, quienes se sienten en un estado mental de emprendimiento perpetuo, mientras que el resto de mortales tenemos el futuro incorporado como una prótesis para suplantar el presente amputado.

3.

La comunidad necesaria para afrontar los retos, implica cuerpos, pero las individualidades se transportan con mayor facilidad y sirven para ganar terreno en la guerra de los usos más cotidianos del streaming tecno-feudal. 

Ante los cúmulos lovecraftianos de información, las empresas-corporativos pelean por el entrenamiento de monjes-videntes que puedan invocar (domar) la correlación de datos (santo grial digital). Y en esta guerra, como en cualquiera, se necesita propaganda y, es bien sabido, que toda propaganda es una lucha estética. Las reacciones de los usuarios, en el capital cognitivo, dependen del contenido (en cantidad) para estabilizar las necesidades de expansión de cada plataforma. Con la instrumentalización-evangelización tecno-feudal, que comenzó cuando internet era puro monte y toda una generación retozaba a 24 kbp/s, arrullada por el sonido del dial up, culminó cuando vinieron a esclavizarnos (suscribirnos) y derivó en procesos donde el cuerpo no fue separado de la conciencia, al contrario, se formularon otras agencias y lenguajes. Al seleccionar milimétricamente fragmentos de sí mismo, en el registro de cada individuación, se establecieron recortes de memoria unida a la red social o plataforma (los recuerdos se vuelven videos, memes. Las conversaciones derivan o fluyen alrededor de «Ayer vi un video de…»), mientras que las metas cognitivas de los flujos de información no estarán jamás al alcance de todos, pero sí las respuestas y herramientas que podamos pagar para arrastrarnos dentro de su vértigo. 

Hacer un reel viral, monetizar un canal, poner en tendencia un deep fake, no nos deja dentro del porcentaje que sabe calcular cúmulos-datos. Al contrario, nos ubica en la mayoría que piensa que, formular correctamente un prompt (input) y agregarlo a la fórmula de orientación semántica, nos liberará de las tareas automatizadas, pero en realidad le pedimos un deseo a la mano de mono. La ironía es que el chip Nvidia sobrecalentado (vendido a sobre precio) cierra el acceso (al agua), desgasta el recurso y al usuario, incorporándonos como output (interfaz entre silla y computadora): contratándonos para hacer las tareas físicas (tangibles) que las IA no pueden ejecutar (por ahora), es decir, nos refunden en una dimensión práctica y tediosa (a la intemperie, si se quiere analizar).

4.

En el largo viaje de la densidad de la información, ya no es suficiente generar conocimiento. La necesidad de cuestionar al dispositivo como frontera entre el cuerpo y la conciencia hace visible la paradoja de la escasez y su situación-devenir, donde una herida queda expuesta: la emergencia.

La emergencia no es una unicidad, al contrario, plantea diversidad de zonas de exclusión: emergencia-enfermedad(es), emergencia-ambiental(es), emergencia-(in)seguridad(es), emergencia-guerra(s), emergencia-laboral(es), emergencia-tengo que ser obsesivamente (visible-activa-inteligente-vivaz-redituable-productiva) para poder sobrevivir. 

Narradas mediáticamente, las zonas de exclusión, en su dimensión espacio-tragedia-corporal, exponen las condiciones de la precariedad. La modulación de los dispositivos y tecnologías discursivas (del post-reel-tok-+) se encargan de intervenirlas y darles una curaduría sistematizada. Las decisiones estética de los sistemas de plataforma-redes-socio-digitales, en realidad son omisiones éticas en detrimento de nuestra integridad (como un dulce ofrecido por un extraño a cambio de subirnos a una camioneta con los vidrios polarizados). El ultra gore capitalista no queda oculto por contenidos interesantes-bonitos y graciosos, al contrario, se expande a todas luces. 

La relación perversa y ominosa con el algoritmo (al-gore-ritmo) se ha refinado en el régimen del scroll. Ese simple acto de deslizar el dedo es una carnicería. La exhibición no es de la otredad, sino de multiplicidades de omisión inmediata y concreta de las otredades, el acto preseleccionado por el demonio de Maxwell algorítmico que nos entrega aquello que queremos ver (aunque no lo sepamos) y de vez en tanto  nos presenta algo desagradable, que va en contra de la regencia moral interior (según sea nuestro personalizado umbral) y lo modula, de tal manera que potencializa la interacción y garantiza que los siguientes veinte contenidos sean placenteros, como la heroína que muy amablemente nos ha regalado el señor de la camioneta.

4.

La individuación, en el estado de la precariedad generalizada, es más distópica que apocalíptica. Cumple con la fórmula: (precariedad+tecnología) * (la decadencia social constante / lo que no terminar de romperse). Las premisas apocalípticas que convirtieron el fin del mundo en espectáculo ya no logran pasar al salón de la fama que dejaron la vara alta con Fukuyama, el fin de la historia, los mayas, la Atlántida o el chahuistle de gilipollas que le cayó al continente en los 1400. (Eso sí, tentativas no han faltado y México es hervidero de escenarios doomsday a los que nada más les falta combinarse en un huracán de narcos salidos de un volcán). 

En el caldo de cultivo decadente, la derecha lanza sus discursos de deshidratación mental, a veces con acento y devoción por los valores (¿tradicionales o mercantiles?), a veces con acento en la lucha contra les enemiges zurdes-andrógines que quieren reeducar a las infancias (aquí lo raro es que la pederastia nunca les haya parecido objeto de estudio bíblico). 

Las derechas conservadoras hablan con el acento del fin del mundo y forman líderes de cultos con discursos suicidas, que se abastecen de las inseguridades y carencias (aspiraciones-económicas) de sus devotos. La lógica sería correcta si los lideres de culto dieran el ejemplo y se suicidaran, pero, nuevamente, eso es trabajo para el proletario-usuario subsumido en vías del dispositivo íntimo. Es allí donde la militancia y sus apéndices buscan señalar alienados woke, con sus agendas ocultas que quieren gobernar al mundo (sic), para violentarlos y eliminarlos (y ¿quitarles la hegemonía de la violencia?). 

La violencia efectiva del discurso de derechas es el de Exterminio (la película: 28 Years Later (2025)): en donde aquelles que son los zombis representan a la diversidad a la intemperie: los otros cuerpos no apropiables, salvajes, descompuestos, pútridos, desnudos e infectados (dios nos libre de un zombi con VIH), que se resisten, con brutalidad irracional, a la normalidad hetero normativa del progreso, y hasta se atreven a tener hijes en ese estado salvaje, sin fábricas, ni mercancías, ni capitalismo, con lo que queda de la especie orillada a vivir en comunidades autosustentables, sometidas a las demencias de una naturaleza que, para colmo, se ha curado del espanto antropocentrista y se manifiesta en unos hermosos paisajes. (Dios nos agarre armados).

Exterminio en un tierra plana, donde los bio-conservadores están dispuestos a empujar por la borda a todas las disidencias, porque, dicen esos hombres blancos (o mentalmente blanqueados), están siendo incomprendidos y discriminados. Y ellos, como representantes de la verdadera resistencia, son la última línea de defensa de la libertad y las buenas costumbres: los únicos capaces de desatar la distopía cristina: economías sustentable, en las que nada les faltara (subsumiéndolo todo en un esquema de fraude piramidal, de flujos de miseria autoregulada). (En dios codificamos). 

5.

Para que alguien se trague el cuento del capitalismo sustentable, tiene que impulsarse la decadencia ecológica de los saberes. Y para ello, las interfaces ontológico-narrativas abducen los procesos (largos y contemplativos) del sentir y pensar. La finalidad de exportar datos (encriptar, enZipar y armar un .rar) es generar la noción de que todo puede entenderse en menos de un minuto. 

El tiempo dedicado a un tema va más allá de la infografía (a veces tremendamente bien elaborada) y no se resuelve en datos-rata para laboratorios estadísticos. Interpretar la información no se limita a clasificarla (cosificarla) como valiosa o descartable. Sin embargo, se le da prioridad a la unidad mínima de la cantidad por encima de su apropiación, interpretación y análisis.

¿Qué dijo?

La brevedad nos hace daño cuando nos perdemos del valor nutri-mental del proceso cognitivo: sentir (plasticidad ontológica), lo que pensamos (y aprehendemos) y emocionarnos por ello. Acelerar quiebra la temporalidad del análisis y la reflexión (y su goce). El acceso al conocimiento pasa a ser un lujo; mientras que el acceso a la información se vuelve más “barato”, pero inconexo. Los pensamientos se pierden en la totalidad de desdoblamientos parciales y videos cortos. La opinión ya ni siquiera está desinformada, sino que es parte de un elaborado sistema de plagios, como un reflejo involuntario, más parecido al tic nervioso de una adicción. Los largos tiempos analógicos de la documentación quedan obsoletos ante la maquinación algorítmica donde se sofocan las reflexiones en el tejido de su acción. 

Más allá del derecho a decirlo todo (o casi nada), los propósitos de los proveedores de plataforma es incluirnos (vulnerarnos), a la fuerza, en el entramado de las relaciones de poder, donde la violencia siempre es visible e inherente a su estructura: piensa, muestra y actúa aquí (en plataforma-red-dispositivo-agente), pero no nos hagas enojar ni digas palabras como muerte o te vamos a desuscribir.

6.

Para muchos, el no futuro representa la incapacidad de imaginar los cambios que desintegren la relación social basada en plástico y litio. Además, dicen, carece de provocación para buscar otra temporalidad donde se puedan multiplicar las rebeliones que sean capaces de escuchar muchas temporalidades y empatizar con múltiples emergencias, todas derivadas de la hegemonía hetero patriarcal del Estado tecno-feudalista del capitalismo de plataformas ciber-fármaco-militar (y qué largo e inconcluso nombrarlo con tanta simpleza). 

Las violencias están entrelazadas y su comunicación se vuelve eficiente, mientras que las dificultades de interconexión de los saberes y enseñanzas de las resistencias y disidencias tienden a ser más erráticas y sus resultados no siempre terminan siendo alentadores. 

La multiplicidad y diversidad de los frentes de instrumentalización de la acción afectiva hace que los pulsos y pulsaciones de la rabia e inconformidad se orienten a su propio fin (a veces no hay tiempo para nada más). Para colmo, las reacciones (digitales), que se llegan a traducir en acciones tangibles, se topan con problemáticas diversas, por ejemplo, geográficas o generacionales.

Las distintas efervescencias comparten la dificultad de canalizar la energía, entusiasmo o creatividad que aportarán, o no, a la hora de administrar las estrategias que llevaran a cabo (o no) para intentar atender las problemáticas en las que intervienen (que son muchas). La sucesión de desastres-vejaciones-abusos no es una masa homogénea de hechos que puedan provocar una inconformidad general y espontanea, capaz de llevarnos a una revolución endémica-mundial. A veces no alcanza ni para conectarse más allá del propio origen de la indignación. Ante eso, ¿cómo generar empatía y organizarse antes de que la siguiente emergencia nos estalle en la cara y, además, sin perder interés mediático del otro (que ya no sabemos si es ciudadano, usuario, público, persona o chatbot infiltrado)?

El problema no es el “No hay futuro”, sino la inmediatez con la que tenemos que imaginarlo.  

7.

Más allá de las revoluciones, rebeliones, primaveras, cocteles molotov, alzamientos e insurrecciones, los programadores de algoritmos desarrollan el carisma del dictador por medio de medición de impactos de fuego publicitario, que traducen nuestras caritas enojadas y emojis de popo en estrategias de-generativas. Se diseñan algoritmos entrenados para provocar y generar adeptos al odio. Lo paradójico es que, en el rizoma semántico de los lenguajes de programación, no se presentan a sí mismos como la realidad (guácala esa cosa sucia). Los sentidos, las memorias y las experiencias convienen para alimentar matrices de potencial ilusión (simulacro), pero no tienen congruencia en los “hechos” hasta que son tratados como una aproximación para cada persona usuaria. La “realidad” se acomoda aparentando estar auto-realizada dentro de la configuración del propio espacio-perfil. 

¿Vivimos para cultivar perfiles en ese cúmulo de información multifactorial? Y así es como opera otra tragedia: el parecido que tiene el dispositivo con algo llamado “el aparato influenciador”, concepto estudiado por Viktor Tausk (1919) para describir la esquizofrenia como: un laberinto que deviene en órgano, donde los pensamientos se desarrollan fuera del cerebro y cobran vida propia aunada al sujeto de la acción. (Spoiler alert: Viktor Tausk se suicidó). 

El órgano exterior, con vida propia, con pulsiones y repulsiones, se convierte en nuestra identidad. En el proceso de sujeción quedamos disociados, pero no desconectados de los componentes sociales que posibilitan (precariamente) la vida, pero no la comunidad (No sé si las comunidades como la gamer sean realmente comunidad. Parecerían más como grupos focalizados de consumo supeditado a la(s) plataforma(s) que los contienen. Por otro lado, las Army BTS cuentan con más agencia política, al menos hasta que Corea del Sur resuelva cómo regenerar su PIP (producto interno pop) sin preocuparse por el envejecimiento de sus idols)). 

Aceptamos un pacto con lo efímero a cambio de incorporarnos a los ecosistemas digitales con reglas “aparentemente” definidas: hábitos en línea donde la repetición y el espectáculo nos dotan de las capacidades de ejercer libertad de consumo y discursos de libertad creativa, segmentadas y diferenciadas, dependiendo, claro, del grado de estratificación de su relevancia y visibilidad (sujetas al racismo y clasismo de la región correspondiente). 

Los metadatos y las huellas que el cuerpo deja en línea, siguen siendo parte del régimen de los términos y condiciones: no importa la relevancia crítica sesuda, ni el talento que tengas; debes saber explotarlo cien veces al día antes de que mi agencia algorítmica comience a replicar lo que ya hizo el porno: darle al público lo que quiere, en cantidades tan obscenas, que les excite solo el hecho de pensar que no van a tener tiempo de verlo todo (de ti), hasta que lleguen al clímax de la exclamación: ya me aburrí (de ti). 

8.

El lenguaje del órgano-avatar es narrado por el fascismo transhumanista de Nick Bostrom: la fantasía estoica del individualismo supeditado a la Historia del dispositivo, que deja atrás la carne, montado en una inercia (deseable) en la que género, color de piel y el lugar que habitan, se convierten en mapas de análisis de probabilidades útiles (y/o descartables). Órganos-avatar acoplados a los dispositivos narrativos, donde potencian la suscripción a diferentes grupos de odio.

El comportamiento autodestructivo de la masculinidad autoreferencial está en constante entropía identitaria, en zonas donde la implementación del órgano obediente es idónea donde entablan comunicaciones redituables donde se estimula la diseminación del odio (miedo) que genera más interacción (y es más rápido) que cualquier acto de empatía.

Aparece en la escena el otro inapropiable, que Agamben define como homo sacer, pero que se percibe a sí mismo como santo maldito y acelerado (mártir de ideologías de ¿género o de derecha?) (expulsado de la sociedad que lo creó (¿se lo concedemos?) ). Una masculinidad dócil a la doctrina de continuación del aparato bélico (digital-gym-incel) que, incapaz de sentir la implosión de las infancias vulneradas por las violencias, sobrecargadas del sistema patriarcal, está disponible para el dispositivo hombre-órgano, que convierte los cuerpos masculinos en campos de concentración móviles e individuales: zonas de exclusión perfectamente definidas y dispuestos a procesar y ejecutar la orden: atar, torturar y matar, a mujeres, personas, animales, o todo aquello que exprese una sensibilidad y sea diferente a su “hetero”-hate– sexual.

9. (el último, lo juro).

La sujeción al mercado bio-tecno-político del cuerpo streamer (hacer vivir el contenido, dejar morir al contexto) procesa por igual el pasaporte identitario de narcotraficantes, empresarios, católicas y activistas queer. Los sistemas de manutención de necesidades corporales, cognitivas y culturales, son intervenidos por las redes-plataformas y, aunque pareciera, solo son distributivas del tiempo vivido (entretenimiento), más bien, son adherencias a las etapas del desarrollo del cuerpo recluido (pendiente a la tendencia, deformante de la posición del cuerpo con respecto a la pantalla) y, por ahora, definitorias de la experiencia plena de la tecnología diferencial (estratificada). 

En esta brevedad-tiempo, los afectos (saberes y sentires) resisten y no hacen más eficiente el consumo, pero la identidad-órgano interactúa con varias líneas de sistemas gerenciales susceptibles a multiplicarse hasta incorporarlas al flujo. En el micropoder lo llaman influencia, en el macro gravado de la base de datos se le puede llamar control de calidad. Entonces, ¿hay salida?

Del cómo morimos podemos tomar indicadores del estado de nuestras sociedades. En un espacio temporal determinado, que continúa engendrando nuevas formas para ignorar la promesa de la vida (pacífica-digna) distinta a la del goce (de la violencia estatal-corporativista), la tentativa no es dosificar la muerte y dejarse morir en microdosis de melancolías apocalípticas o distópicas. Más bien, una de las tareas es exigir que la tasa de transferencia de los derechos (abstractos) a los cuerpos brutalizados (subyugados) no sea una utopía en una sociedad que no oculta, al contrario, exhibe mediáticamente (sistemáticamente) los hechos de precariedad insaciable que genera. 

Y entonces, ¿cómo elaborar estrategias en este laberinto algorítmico de transparencia-exhibición de la vida precarizada? No tengo respuestas, pero qué bueno que ¿las estemos buscando?

En la Odisea, durante el encuentro entre Odiseo (saqueador) y Polimefo (el cíclope), Odiseo engaña al cíclope diciéndole que su nombre es “Nadie”. Odiseo, para escapar, apuñala el ojo del cíclope que, desorientado, pide ayuda, pero no pueden, porque Polimofeo grita: ¡Nadie está aquí! ¡Nadie me está atacando! La frase puede extenderse a: nadie me está explotando, nadie me obliga a aceptar una sociedad precaria, nadie me está matando, nadie me está negando sistemas de salud, nadie me está violentando. (Irónicamente, Polimefo, en griego, significa: de muchas palabras).

Para mantener las esperanzas, es necesario nombrarlas. En la complejidad de la colectividad, no se puede decidir si el ojo faltante de Polimefo está en los dispositivos que expanden los horizontes de una oscura caverna disfrazada de odisea tecnocientífica, pero quizás sí tengamos que decidirnos y aplastar a Odiseo, para empezar a cambiar de mito (y explorar otros caminos en la caverna, aunque sea a ciegas, escuchando los ecos de los/las/les otro/as para guiarnos).

Ilustración: cubierta oficial de «The Gossips» by Kionzix (featuring ameray)

Manuel Mörbius (Ciudad de México, México, 1984). Escritor, generador de ruido e investigador independiente. Sociólogo por la UAM-Xochimilco. Sus principales intereses se centran en la ciencia ficción, el terror, la música y el sonido. Ha sido editor de Arte-facto (2004-2014), así como productor de radio y medios digitales. De 2020 a 2023 fue integrante del Seminario de Estéticas de Ciencia Ficción, Cenidiap, INBAL. Actualmente es colaborador de Clandestina, espacio de encuentros en Santa María la Ribera, y forma parte del ensamble de experimentación sonora Prótesis. Sus textos han aparecido en antologías y colecciones como Liminales II (Casa Futura), Xalisco Monstruoso (Mandrágora), Los mundos que se agotan (Paraíso Perdido), Mundos Nuevos (Estigma), y en revistas como Colectivero (No. 2), Revista Enchiridion (No. 13), Irradiación, Revista Marabunta, Letras Insomnes y Teoría Omicron.
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